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El discurso subversivo que necesita México

El discurso subversivo que necesita México

Por Aquiles Montaño Responsable de prensa en Puebla

El próximo sábado 1º de abril, el Movimiento Antorchista de Puebla se sumará a la “Jornada Nacional de Oratoria 2017” que realiza la organización en todos los estados del país por las mismas fechas, y que es un resultado natural de la gran convocatoria que ha logrado el Concurso de Oratoria de las Espartaqueadas Culturales Nacionales realizadas en Tecomatlán cada dos años. En efecto, dado el gran número de estudiantes, colonos, campesinos y activistas que se dan cita en el referido concurso, fue necesario abrir una fecha especial para que en los 32 estados del país, todos aquellos que deseen expresar sus ideas a través de la palabra hablada lo puedan hacer en los foros preparados para ello.

¿Por qué lo hacemos? Porque los mexicanos tenemos mucho que decir y opinar sobre el gobierno que no nos favorece, sobre los problemas sociales que nos aquejan, sobre la pobreza que corroe la vida de 100 millones de mexicanos, sobre la desigualdad reinante en el país, sobre el salario mínimo, sobre la explotación de los trabajadores, sobre la pésima educación de nuestras escuelas, sobre el nulo acceso del pueblo al arte, la cultura, etc. ¿Para qué lo hacemos? Para que la opinión pública popular, con el debate de las ideas, produzca soluciones reales a los males que padece nuestro país y podamos atacar las causas de esos males y no, como se hace actualmente, las consecuencias. No se trata, pues, de un foro “sólo para hablar bonito”, sino de un foro para pensar, para razonar, para estructurar las ideas y producir discursos bellos, es cierto, pero con alto contenido social, político, económico y de verdad. Pienso que se trata de un primer ensayo, a escala nacional, de las futuras ágoras en las que el pueblo mexicano debatirá sus problemas, pequeños y grandes, y decidirá el remedio que es preciso ponerles.

Estamos cansados de que un reducido grupo de iniciados nos digan qué debemos hacer. Estamos cansados de que la “intelligetzia” mexicana discuta nuestros problemas y decida “soluciones” que nos perjudican. Estamos hartos de que economistas, sociólogos o “especialistas” nos prescriban las mismas viejas recetas de un modelo económico que no ha podido sacarnos de la pobreza. Aunque claro, porque nada es absoluto, hay sus alegres excepciones: algunos economistas mexicanos, el Nobel Joseph Stiglitz y otros, por ejemplo, que nos dicen la verdad desnuda y ayudan a que comprendamos mejor el mundo. El pueblo humilde reunido debe discutir la vida que convenga a sus intereses y si para ello es preciso quitar a los especialistas, iniciados y todos los ratones de biblioteca de las decisiones, entonces así debe ser. Dirán que el pueblo no sabe de matemáticas complicadas o fórmulas económicas. Nosotros sostenemos que el pueblo que padece los problemas puede darles solución. Desde luego que podríamos elevar el nivel del debate si a todos nos hubieran enseñado las herramientas científicas necesarias, pero los procesos sociales no

pueden ser secuenciales, sino simultáneos: así que debatiendo y estudiando, porque la historia no espera, porque “estamos en el lugar exacto que la noche precisa para ascender al alba”, dijo el genial poeta Roque Dalton. Y en eso radica la importancia de esta Primera Jornada Nacional de Oratoria organizada y promovida por la Comisión Cultural Nacional del Movimiento Antorchista, a quien agradecemos infinitamente esta noble labor.

La oratoria, entendida como fusil cargado con las balas de la verdad, entendida como palabra viva del pensamiento científico, está relegada al mismo rincón de la muñeca fea. Se le da nula importancia y, por tanto, no puede animarse y desarrollarse. En su lugar, se practica el discurso engañoso, edulcorante, vago, impreciso y a veces abiertamente mentiroso para ocultar la realidad terrible en que vivimos. Se trata de una política planeada e intencional para hacer de las palabras una máscara de la realidad, para que la gente no se dé cuenta de lo que está pasando. Que no se noten, por ejemplo, los horrores que causa el hambre en los niños (ya no les llaman hambrientos, sino “pobres alimentarios”), para ocultar los estragos de las guerras imperialistas que arrasan con pueblos enteros (a las que ahora llaman “guerras por la libertad”), para ocultar el pútrido mundo en que se estrena a las prostitutas (a las que ahora les dicen “sexoservidoras”), para ocultar el espantoso incremento en los precios de los alimentos (al que llaman “ajuste de precios”) y así por el estilo con todo lo protervo, con todo lo procaz.

Y el sistema, sus políticos, periodistas y escritores, no necesitan de la oratoria porque no les interesa decirle la verdad a la gente, porque lo que ellos buscan es engañar a la población. La verdad, alguien lo dijo, es subversiva y, por tanto, revolucionaria, contraria a los fines conservadores de quienes se han aprovechado de la explotación del hombre por el hombre, de quienes viven en la opulencia gracias a que otros millones viven en la más degradante pobreza.

El sistema, cuando alcanza la cumbre de su madurez, cuando alcanza la cima de su riqueza, se vuelve conservador, no quiere que las cosas cambien y anhela que todo siga igual para seguir viviendo bien a expensas de otros. Pero resulta que la realidad se mueve, cambia, y con ella se desarrollan -y a la vez se deterioran- las relaciones económicas entre los hombres, entre poseedores de medios de producción y poseedores de fuerza de trabajo. Así vemos estupefactos que, hoy por hoy, sólo ocho hombres concentran tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad, esto es, 3 mil 500 millones de seres humanos. Y no nos asombremos de que en unos años esta cifra se eleve al 70, 80 o 90 por ciento de la humanidad, mientras la otra se reduce a seis, cuatro o dos hombres. Con el desarrollo de la historia, de la economía, de la sociedad, de la política, el capitalismo se deteriora. Y es este deterioro el que sus ideólogos quieren tapar con palabras huecas y azucaradas, como quien tapa el sol con un dedo. Por eso preparan y lanzan al campo de batalla mediático a todo un ejército de mentirosos profesionales que prostituyen el lenguaje, que retuercen la lógica, que mienten con frialdad.

Pero muy a pesar de todo esto, el capitalismo va a morir y el pueblo humilde tomará el poder, porque es ley universal que todo sistema vivo, en la naturaleza como en la sociedad, nazca, se desarrolle y muera. Y Antorcha necesita decir esta verdad. Por eso tenemos la obligación ineludible de hacer de la palabra hablada y escrita una de las herramientas más eficaces para

transmitirle al pueblo esa verdad científica. Los oradores antorchistas precisan esforzarse para no caer en la prostitución del lenguaje edulcorante y hacer discursos claros, con filo, honrados y verdaderos para que el pueblo despierte y se incorpore al indetenible proceso de cambio. Y para ello es necesario que nos armemos con la herramienta científica más avanzada que hasta el momento ha descubierto el hombre para analizar el movimiento y el cambio social, que entendamos a la historia como resultado de la evolución de las relaciones económicas entre los hombres. Todos los antorchistas debemos aprender a analizar la vida y la realidad social a la luz de esta teoría, y aplicarla a la problemática del mundo, del país, de cada pueblo y cada comunidad. Cuando así lo hagamos, entonces podremos hacer una oratoria que penetre en el fondo de la conciencia de la gente para convencerla de que vayamos a luchar, juntos como un solo hombre.

¡Felicidades a quienes en todo el país participarán en estas jornadas! Les pedimos que inviten a más gente para que este evento crezca y alcance a millones de mexicanos. Hagamos, pues, una oratoria subversiva, revolucionaria y de masas. El pueblo pobre nos lo agradecerá.

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