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La importancia de una resignificación de la burocracia.

Ariadna Ayala Camarillo

Los valores de una izquierda comprometida exigen un proceso de resignificación de la burocracia, no en su acepción de ente abstracto y sector de los social, sino como proceso vivo de organización de la administración pública. La centralización, jerarquización y división de responsabilidades y la consiguiente sistematización de acciones de carácter público pueden convivir con una versión más humana de la organización política que, de tal forma, llevaría los esquemas de racionalidad administrativa a niveles de relación insospechados. La transformación no apunta –exclusivamente- hacia la consecución de mejores indicadores cuantitativos, sino a la profundización de criterios que responden a una dimensión cualitativa, es decir, humanista, hablamos de calidad en la experiencia administrativa, en niveles de compromiso con la ciudadanía, en disposición para la resolución de problemáticas conjuntas, en acompañamiento al ciudadano, en apertura al diálogo, etc.
Es evidente que el desarrollo de la vida pública exige una actualización constante de las estructuras a la luz de las necesidades cambiantes de la población; por eso mismo la manera en que la administración municipal se desarrolla debe cambiar también. Los esquemas administrativos anquilosados señalan una verticalidad y una jerarquización rígidas, e interponen estructuras prácticamente cerradas que respetan los límites de sus vectores bidimensionales planteados desde un nivel meramente teórico (inputs-outputs). Tengo la convicción de que una transformación política de fondo, que responda a los principios de un humanismo de nuevo cuño también implica una transformación de esas viejas prácticas administrativas.

Una nueva burocracia se distingue por reconocer la dignidad de las personas en un eje que desafía la verticalidad de los esquemas administrativos habituales, se trata de un acto de reconocimiento mutuo, pues el funcionario realiza su fin en el encuentro con el ciudadano, digamos que su trabajo adquiere sentido al atender y recibir el ímpetu (input) de los ciudadanos, en otras palabras su perfeccionamiento se da en su ser para otro. Al mismo tiempo que el ciudadano encuentra la vía para expresar sus necesidades y problemáticas a través del conjunto de procedimientos organizados racionalmente para dar cauce a sus necesidades multiformes; pero también el funcionario público que se ha formado y preparado para recibir y encontrarse con los ciudadanos, entiéndase, para dar respuesta a las necesidades de la gente (outputs).
De esta manera dimensionamos el acto burocrático como un acto de reconocimiento mutuo que constituye una síntesis de la vida cívica; una burocracia se dice humanista porque da el valor y la dignidad necesarias al acto fundamental donde autoridad y ciudadanía dialogan para dar respuesta a cada problemática específica: el diálogo es primordial, el encuentro autoridad-ciudadano y no la estructura muda e inamovible bajo los parámetros tradicionales. Pensemos que el acto burocrático constituye el fundamento de las relaciones entre autoridad y ciudadanía; entonces si logramos transformar el punto axial de las relaciones públicas también podríamos encaminar nuestros esfuerzos hacia niveles de gobernabilidad insospechados (relación armónica entre inputs y outputs).
El punto crucial sería, pues, lograr dignificar a los participantes de dicha relación de reconocimiento mutuo para dimensionarlos en su dignidad fundamental. El ciudadano con sus demandas legítimas, urgentes y vivas; el funcionario público con su preparación y su vocación de servicio. Dicho de esta forma el binomio ciudadano-burócrata, burócrata-ciudadano se traba en un conjunto de relaciónes de coimplicación que bien podría semejar un efecto de reflejo: la situación de la burocracia responde al nivel cívico de los ciudadanos, en tanto el civismo de los ciudadanos determina el nivel de desarrollo humano de la burocracia. Si queremos transformar la burocracia hay que echar a andar un proceso de resignifcación cívica de la misma.
Una administración de carácter humanista responde también al llamado de los ciudadanos de la manera más eficiente posible, sin mediaciones ni condiciones que entorpezcan los canales de la actividad pública. De tal forma, considero que una nueva versión de la administración pública municipal debe hacer suyo el llamado “primero los pobres”, contruyéndonos desde la fortaleza del encuentro con nuestros ciudadanos.

La izquierda en la cartografía política actual, desde la perspectiva municipal, debe ser también una izquierda que se articula desde la base, y en este sentido una izquierda de base es por sí misma una izquierda humanista, pues, su pretención es articular los mecanismos burocráticos necesarios para que la voz de la gente llegue de manera directa a las instancias pertinentes de la administración pública y, por otra parte, es humanista porque los insumos que determinan su acción están dados por el reclamo social y no por los esquematismos teóricos que se confabulan en las cúpulas.

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