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Por qué Filipinas no es un país hispanoparlante si fue una colonia de España durante 300 años

Hello! ¿Kumustá?

– Mabuti

Estas tres palabras con las que acostumbran saludarse en Filipinas encierran gran parte de la historia de su nación.

La primera, que significa “hola” en inglés, es testimonio vivo de que en 1898 Filipinas junto con Guam y Puerto Rico se convirtieron en unas de las primeras colonias de Estados Unidos a cambio de US$20 millones (y la victoria en una guerra).

Aunque unos años más tarde Washington decidió dejar de usar la palabra “colonia” para nombrar sus “territorios”, Filipinas fue eso o aquello durante 48 años. Es la razón por la que el inglés es una de las dos lenguas oficiales del país.

Las otras dos son palabras de la otra lengua oficial y el lenguaje nacional, el filipino, una variedad estandarizada del tagalo o tagálog, el idioma autóctono de gran parte de la isla de Luzón, donde se encuentra capital del país, Manila.

Mabuti significa ‘bien’, y si lees en voz alta kumustá probablemente no necesitarás que te la traduzca.

Es uno de los rastros que 333 años de dominio español dejaron en la vida cotidiana de varias de las 7.000 islas que conforman el archipiélago bautizado por Fernando Magallanes en 1521 con el nombre Las Felipinas, en honor a quien se convertiría en el rey Felipe II de España.

El convento
Esa historia reflejada en el saludo es la razón de un adagio filipino que dice que el país fue moldeado por 300 años en el convento y 50 años en Hollywood.

Los tres siglos no empezaron precisamente con Magallanes: aunque el explorador portugués llegó con la bandera española y fue acogido por los nativos, poco después murió tratando de invadir una de las islas del archipiélago.

No fue sino hasta 1565 que España logró reclamar a Filipinas como su colonia. Y, debido a su lejanía con Madrid, asignó su gobierno al Virreinato de Nueva España, cuya capital era la Ciudad de México, establecida sobre la antigua México-Tenochtitlan.

Las centurias siguientes dejaron una huella indeleble en las islas: la fe. Filipinas no sólo es una de las únicas dos naciones predominantemente católicas en Asia (la otra es Timor Oriental), sino también el tercer país del mundo con más católicos, después de Brasil y México.

Pero la religión no es lo único que se filtró en la cultura de las islas entre 1565 y 1898.

Como en Latinoamérica, a pesar del paso de los años, la huella de España es flagrante en las calles vía la arquitectura colonial.

Los apellidos españoles son comunes en el país asiático y, a la hora de la comida, varios de sus platos típicos tienen nombre y sabor hispano, como la afritada de pollo (estofado de pollo), el lechón, la longaniza o la caldereta.

Y en el mundo de las letras, la influencia hispana fue decisiva. Tanto que el Instituto Cervantes de Manila ha llegado a afirmar que “la literatura filipina nació en español”.

“Había una rica tradición literaria en las islas antes de la llegada de los españoles, pero fueron los españoles quienes empezaron a publicar esos cuentos e historias”.

Fue en ese idioma que José Rizal, el más célebre de los autores filipinos y héroe nacional, escribió obras que inspiraron la Revolución filipina contra la Corona española, y expresó las ideas por las que el gobierno colonial lo ejecutó en 1896.

Nada de esto es sorprendente: después de todo, la época colonial filipina es tan larga como la de las naciones latinoamericanas.

Lo que sorprende es que no sea un país hispanoparlante.

¿Qué pasó?
Pasó algo similar a lo que ocurrió en América, aunque con una gran diferencia.

Así como cuando Cristóbal Colón llegó al “Nuevo Mundo”, los españoles se encontraron en el archipiélago asiático una riqueza lingüística enorme: aún hoy en día se hablan entre 100 y 180 lenguas, depende de cómo se clasifiquen.

Así como en Hispanoamérica, “durante 333 año el castellano fue el lenguaje del gobierno y de la Iglesia, y hubo cédulas reales que promovían el uso del español entre la población indígena”, como le dijo a BBC Mundo el profesor de la Universidad de Michigan Marlon James Sales.

Sin embargo, “la colonización española de Filipinas fue totalmente ligada a la evangelización: ese era el principal objetivo”, subrayó Javier Galván, director del Instituto Cervantes en Manila.

Y “los misioneros -que en muchos casos eran el único contacto que los nativos tenían con España- se dieron cuenta de que no era esa la lengua que les ayudaría a propagar el evangelio en el archipiélago”, añadió Sales.

Lenguas generales
“En 1582, cuando tuvo lugar el sínodo de Manila, se decidió usar los lenguajes locales para divulgar el cristianismo en esa parte del mundo”.

“Valiéndose de la experiencia que habían acumulado en la evangelización de América, escogieron ‘lenguas generales’ para islas particulares”.

Las lenguas generales eran utilizadas por diferentes pueblos para comunicarse entre sí, como sucedía en México con el náhuatl y en Perú con el quechua.

En Filipinas, por ejemplo, los colonizadores “notaron que muchos hablaban tagalo en el área de Manila y bisaya (cebuano) fue percibida como lengua general de la isla central, entonces las aprendieron”, explica Sales.

“Fue una elección deliberada que dejó un legado perdurable, pues determinó cuáles idiomas se hablan hoy en día mayoritariamente en esas áreas”, agrega.

Siglos más tarde…
El español entonces fue durante siglos “una lengua confinada a una élite social: si en una aldea no había un sacerdote, probablemente nadie jamás habría tenido contacto con el español”.

Y, a pesar de que en el siglo XVIII Carlos III (1716-1788) se propuso imponer el castellano en sus dominios, fomentando la creación de escuelas y facilitando la llegada de libros, herramientas y maestros -con más vigor en Hispanoamérica que en Filipinas-, murió sin que se lograse su cometido.

“En el siglo XIX, era el idioma de la administración y el que arraigaba los estratos más altos de la población filipina, pero no era hablado mayoritariamente por toda la población”, aclara Galván.

Lo mismo ocurría al otro lado del Pacífico, así que en vísperas de la separación con la “madre patria”, relativamente pocos hablaban español.

No obstante, ese fue el lenguaje de rebelión, y después de librar las guerras de Independencia, los líderes de las nuevas naciones americanas se encargaron de que la lengua del poder colonial inmediatamente anterior -el castellano- se convirtiera en el idioma dominante.

En Filipinas pasó lo mismo, pero la independencia tuvo que esperar.

Llegaron para quedarse
La lucha por la independencia de Filipinas estuvo íntimamente ligada a los destinos de Cuba.

No sólo la sublevación de los insurrectos que protagonizaron la Revolución Filipina (1896-1898) fue avivada por los eventos en la isla caribeña, sino que pocos meses después de que Manila lograra un acuerdo de paz con Madrid, entró en escena Estados Unidos, pues se había involucrado en la guerra de Independencia cubana, lo que provocó el estallido de la Guerra hispano-estadounidense.

En cuestión de 3 meses y 17 días, en 1989 España fue derrotada y Filipinas se encontró inesperadamente bajo el dominio de otro soberano, contra el que luchó en vano entre 1899 y 1902 en la Guerra filipino-estadounidense, la primera guerra de liberación nacional del siglo XX.

“Los filipinos pensaron que los estadounidenses habían llegado a ayudarles a liberarse de los españoles pero ¡qué va!: llegaron para quedarse”, comenta el director del Instituto Cervantes en Manila.

“Una vez Filipinas fue pacificada, lo primero que hizo EE.UU. fue enviar dos barcos cargados de maestros que se expandieron por toda Filipinas para enseñarle inglés a los niños”.

“Desde el principio, imponer el inglés fue una estrategia muy clara”.

“Y, paradójicamente, fue precisamente en esa época cuando el español alcanzó su máximo esplendor… era el lenguaje en el que hablaban los parlamentarios y en el que autores filipinos escribieron las obras literarias más interesantes”.

“Eso da una falsa imagen de que todo el mundo hablaba español y que ese idioma se perdió… no es así -insiste-. Sí, se ha perdido pero en realidad nunca lo habló toda la población”.

Una de las razones de la pérdida fue la Segunda Guerra Mundial.

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