Historia de 3 que Quisieron Darle un Coscorrón a Lydia Cacho

Por: Mario Alberto Mejía Martínez

El 16 de diciembre de 2005, Carlos Loret de Mola y otros periodistas denunciaron que Lydia Cacho había sido aprehendida por policías ministeriales poblanos en Cancún.

La idea —pésima, absurda— era traerla a Puebla para juzgarla por un tema que hoy —y entonces también— es francamente ridículo.

Ya lo sabemos: querían darle una lección.

Apenas escuché la noticia, le marqué desde mi carro a Adolfo Karam, jefe de la policía ministerial.

El diálogo fue más o menos así:

—¿Es real que mandaron detener a Lydia Cacho?

—A huevo, güey.

—¿Sabes quién es?

—Me vale madres.

—Es una periodista y activista con muchos amigos. Se viene un escándalo nacional.

—Me vale madres. Ya te dije. Me la pelan.

Esa actitud prevaleció: la cultura del “me la pelan”.

Y así les fue a los actores de la trama.

¿Qué ganaron con ese desafío?

Absolutamente nada.

¿Qué perdieron?

Absolutamente todo.

A saber: el sueño, la tranquilidad, el futuro.

Desde el sábado 13 de abril de 2019, cuando quien esto escribe publicó que habían sido giradas tres preciosas órdenes de aprehensión, la vida de los tres alegres compadres perdió el encanto de los buenos tiempos.

De inmediato, los aliados de éstos en la prensa local se apresuraron a desmentir la versión de todas las formas posibles.

Yo, en tanto, cruzaba datos con familiares y amigos de los involucrados.

—Sé que Mario va a ir a una fiesta en Atlixco. Va a ser padrino de bautizo del nieto de uno de sus mejores amigos —me dijo una persona en cuanto leyó mi columna exprés.

—¿Me puedes ir haciendo la crónica? —le rogué.

—Cuenta con eso.

Y así fue.

Cada vez que pudo me fue diciendo quiénes llegaban y qué hacían.

Lo resumo:

“Ya llegaron los hijos de Mario. Dicen que su papá está por llegar. Cosa curiosa: se la pasan hablando por teléfono. Tienen caras largas. Ya llegó su mamá. Están sentados todos juntos en un mesa y no dejan de hablar por teléfono. Tienen caras largas. Muy largas”.

Por supuesto que Mario Marín no llegó.

Y la fiesta continuó sin él.

Dije “fiesta”.

Debí decir “velorio”.

Nadie se concentró en el bautizo.

El tema fue el que se está imaginando el hipócrita lector.

Un día antes, el viernes 12 de abril, Adolfo Karam estuvo invitado a una comida en un rancho de toros de lidia ubicado en Tlaxcala.

Pasó lo mismo.

“Ya no tarda el Adolph”, dijo el optimista de la fiesta.

No llegó.

Era imposible que llegara.

Y es que desde el jueves 11 de abril, cuando una fuente que Mario Marín tenía en los juzgados de Cancún le dio la mala noticia, los involucrados en la trama de Lydia Cacho se enteraron que habían sido giradas tres preciosas órdenes de aprehensión.

Al principio, hay que decirlo, minimizaron la acción.

Incluso el “Adolph” le dio una entrevista a Enrique Núñez en algún lugar de la Calera.

Ahí se dijo tranquilo, y negó —a través de los más variados eufemismos— que fuera un prófugo de la justicia.

Ya lo era.

Técnicamente, estaba huyendo de sus colegas ministeriales.

¿Qué ganaron estos señores retando a Lydia Cacho y al sentido común?

Nada.

¿Qué perdieron?

La tranquilidad, el sueño y el futuro.

El hubiera no existe, ya lo sabemos.

Si existiera, los tres personajes de la trama hubiesen dado un paso atrás.

Lydia Cacho, en consecuencia, no habría sido aprehendida y mucho menos secuestrada.

Mario Marín no habría terminado su sexenio el 14 de febrero de 2006.

El “Adolph” seguiría metido en su empresa de seguridad.

Cierto empresario de origen libanés se pasearía por Puebla muy quitado de la pena.

Y sólo Jean Succar Kuri estaría en prisión y en problemas.

El mundo, en pocas palabras, seguiría siendo una pelota de billar sobre el verdoso césped de la mesa.

Pero el hubiera no existe, y sí la realidad.

Esa realidad atroz que volvió prófugos a nuestros personajes y los terminó reduciendo en seres espectrales de tenis, mezclilla y playeras Polo.

Seres a la deriva en la terrible noche mexicana.

Y Mientras Tanto en el Poder Judicial… Desde el jueves de la semana pasada tenían ubicado a Mario Marín en una de las Villas Miseria de Acapulco.

Los señores de la Fiscalía General de la República buscaron que un juez otorgara la orden de cateo.

Cosa imposible.

Y es que, con el pretexto del covid, todos los jueces, magistrados y ministros están confinados en sus residencias.

Tras varios intentos, la FGR logró que un juez otorgara dicha orden.

Casi una semana transcurrió para que se moviera el aparato.

Qué vergüenza.

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