Las bestias

3 am

Algo se mueve junto a mí. Dormitando, recuerdo que compré esta cama con la intención de compartirla. Pero junto no está Carlos. Está ella. Esa sombra pesada que nunca me deja. La siento oscilar de derecha a izquierda. Gruñe.

3/10

Se ha dejado de mover, pero ha conseguido robarme el hilo del sueño. La ciudad tirita frente a mí. Es una masa inconstante de luces mínimas que encienden y apagan. Ciudad luciérnaga con volcanes fantasmas. Qué hacen esas moles cuando nadie las ve. No prendo la tele, mantengo los ojos abiertos. Los alcances de un anuncio de neón proyectan el rayo que ilumina un Bacon que cuelga del muro. Es el papa Inocencio décimo, desdibujándose. Tiene la boca abierta como un agujero de tuza. Esa boca, pienso, está dispuesta a tragarme.

3/20

Verifico si aún puedo hacer lo que los doctores recomiendan. Inhalar, sostener el aire en los pulmones y cantar mentalmente un estribillo de canción que dure al menos 20 segundo. No sé por qué viene a mi cabeza una canción de Bacharach. Quizás porque estaba soñando con mi abuelo Carlos y ese Carlos se parece mucho al otro Carlos, al que estuvo en casa hace rato. Retengo el aire. Canto (no sé si a media voz) Make it easy on yourself. Eso: debo hacer las cosas fáciles para mí. Pasan 25 segundos. Suelto el aire. Expiro, no muero de asfixia . La boca del Bacon parece abrirse un poco más bajo el rayo argentino de la pantalla de neón que anuncia: por favor, quédate en casa.

3/30

Supongo que tras la operación del aire y la canción me quedé nuevamente dormida. Tiempo muerto. O no: el tiempo nunca se enfría ni se pudre ni se detiene. Solo nos cambia de estado. Hace algunas horas estaba líquida. Pero para ese instante, supongo, era una especie de gas, ingrávido y puede ser que más bien innoble.

4/10

Me vuelve a espabilar el movimiento de un cuerpo pesado que ya no sólo oscila, se rasca y estornuda junto a mí.

Ahora mucho más cerca, casi encima. Siento su vaho caliente a unos centímetros de mi oído. No es un íncubo de esos que te follan sin querer. Si no creo en Dios, mucho menos en los espíritus calientes.

No abandono la posición. Estoy en decúbito supino, como un cuerpo que acaba de ser arrollado por un camión.

Al santo padre de Bacon le aparecen dos ojos que no estaban allí. Los ojos son verdes como los de los dos Carlos. Ahora son seis miradas las que tengo encima. Y la bestia ya no se mueve, pero siento su pelaje sobre mi brazo derecho.

4/30

No estoy perturbada. La noche siempre revela secretos que habitan en la sombra. Los expertos en lo paranormal dicen que esta es la hora del diablo, de las apariciones. Ciertamente, el cuadro de Bacon tiene algo de demoníaco. Pero, ¿qué es en realidad el diablo?

Pienso en tres autores que hablan del díablo: Valery dice: Dios es nuestro ideal particular; Satán, todo lo que tiende en nosotros a desviarnos de ese ideal.

Papini: el diablo es odiado por los mismos que han prometido amar a los enemigos, pero es obedecido e imitado por aquellos otros que no creen en su existencia.

Baudelaire: la más bella astucia del diablo es persuadirnos de que no existe.

4/35

Miro el reloj. Es tarde. Los expertos en lo paranormal no son relojeros suizos. Ha pasado la hora y el diablo no tumbó los cuadros, ni encendió la tele ni alborotó a la bestia que retoza a mi lado.

4/40

El misterio no era misterio. La bestia no es más que un cachorro inquieto que pide agua y se desprende de las pulgas.

La lucidez nocturna siempre sobrepasa a toda razón que emerge desde la luz. El sueño es el más alto grado de libertad que se le concede al hombre.

Es una rosa, dicen los persas (nos recuerda Navokov cuando hace hablar al villano Quilty).

Make it easy on yourself.

Los sueños de la sinrazón no engendran monstruos.

Todo está consumado.

En pocas horas la ciudad despertará y será la misma. Agradécele a la noche que vuelva bestia al dogo y que los ojos de tu amante permanezcan ahí, dentro del pequeño cuadro de Bacon.

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