El Síndrome Angélica Rivera (Cucurrucucú, Gaviota)

Nada hemos aprendido desde que Angélica Rivera grabó un ridículo mensaje para decir que ella, con su dinero, con el dinero que le dio Televisa, se había comprado una casita blanca en Las Lomas de Chapultepec.

¿Por qué nos gustan tanto las telenovelas?

Cuánta falta nos hace Benito Juárez, sí, pero también Monsiváis.

Ahora cualquiera puede hacer el ridículo porque Monsiváis está en el más allá, a la izquierda de Borges, cerca de una cantina que se llama “Por mi madre, bohemios”.

Regreso al tema.

Lo interesante de esas confesiones públicas grabadas en video —como la de Angelica Rivero— es que no hay temor al ridículo.

Se puede mentir todo el tiempo con rostro de Cristo crucificado, y no hay conflicto, aunque sí lo haya.

Lo mejor, debo decirlo, ocurre cuando el protagonista del melodrama acusa a la víctima de estar mal de sus facultades mentales, de estar desquiciada, de tener enfermedades paranormales, de ser, en síntesis, una loca de atar.

¿Qué decir ante esto?

Nosotros, nada.

Sí, en cambio, los apoyadores.

(Si el MochaOrejas hubiese hecho en su momento un Talk Show, también hubiese recibido bendiciones, buena vibra y certificados de magnífica conducta).

Los apoyadores, pues, faltaba más, combinaron su dosis de fe en el Cristo crucificado con una dosis perversa: la de revictimizar, aún más, a la víctima.

“¡Denuncia a esa loca!”, planteó una niña bien.

“La verdad os hará libres. (…) Sin duda existe gente dañada psicológicamente, pero hay límites. (…) Ojalá esa señora tome el apoyo necesario para su bienestar”, rogó una señora bien.

Así hasta el cansancio.

(Ya sabemos cómo son las buenas conciencias cuando de acuchillar a alguien se trata).

En ese mar de lágrimas, hubo también voces sensatas:

“El error fue la fiesta y la estancia. Cada quien en su cuarto, brother”.

“No deberías de hablar de una víctima. (…) Aun en el supuesto de que tuviera desórdenes mentales como refieres, puede ser violada. (…) Es de muy mal gusto todo lo que declaras”.

Finalmente, descubrí que mis odiadores profesionales han trabajado en su rencor ancestral con enorme disciplina.

Ahí están como estuvieron hace diez, hace veinte, hace casi treinta años.

Dueños, sin duda, de algo que no logran domesticar.

Es su problema.

No el mío.

Pero deja de ser gracioso cuando la injuria da paso a la amenaza.

Es el caso de un tal “Mauricio Díaz Marín”, quien me acusa de ser “un cerdo hijo de puta que a mí ya me hizo una similar a esta”.

(Hice memoria, revisé mis archivos, y no ubico el agravio).

Más adelante, muy Jorge Negrete, anuncia:

“Algún día lo tendré enfrente”.

Es decir: a mí.

Ufff.

Qué miedo.

Su conmovedor comentario termina muy Arturo de Córdova:

“La verdad debe salir a flote”.

Este mismo personaje, en otro momento, suelta un escupitajo genial que mandaré enmarcar:

“ Otra más del hijo de puta de Mario Alberto Mejía”.

Ah, chingá, chingá, chingá.

¿Otra más?

¿Pues cuántas llevo?

Yo, como bien lo comentó en Facebook Adela Cerezo, sólo visibilicé un caso terrible de obstrucción de la justicia.

Y es que si todo era mentira, ¿para qué entonces recurrir a un influyente de la Fiscalía en aras de mandar la denuncia a los archivos muertos?

Esa duda me mató, y me llevó a meterme al tema, cosa que las buenas conciencias no me perdonan.

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