La “Quebradora” y la “Tapatía” (Historia de un Motovirus)

La semana pasada dediqué algunos días para hablar del desastre que había hecho en la Dirección de Patrimonio Cultural, de la Secretaría de Cultura, Alejandra Santamaría (¡Madre de Dios!) Llerandi.

Con esta entrega cierro el círculo vicioso.

Por cierto: aquí queda evidenciado el affaire entre el Chanoc y nuestra heroína.

Debido a su importancia antropológica, hago la cita textual de la denuncia presentada:

“Se anexa Oficio: SC/DAd/0424/2020 en donde la Dirección Administrativa remite a la C. Edith Rosalía Quirós Amigón, Autoridad Investigadora del Órgano Interno de Control en la Secretaría de Cultura, denuncia presentada ante el Abog. Arnulfo Meza Delgado, Agente del Ministerio Público de la Fiscalía General del Estado, el día 24 de marzo de 2020, con número de carpeta de investigación NUAT 4193/2020/UAT-04, en el cual se narra la posible comisión de un delito y de posibles faltas administrativas en las cuales se señala como imputado al ex servidor público, el C. José Antonio Camarillo Sánchez, con número de expediente 107717 quien causó baja con fecha 15 de febrero del 2020. Desde el 24 de marzo al día de hoy José Antonio Camarillo Sánchez ha asistido a las oficinas de la Dirección General de Patrimonio, ya que se ostenta como abogado y novio de la Directora General, la C. Alejandra Santamaría Llerandi, amedrentando al C. Javier Gómez Marín con la anuencia de la mencionada Directora”.

En toda historia burocrática siempre hay una love story.

No podía ser de otra manera.

Qué le vamos a hacer si aquí nos tocó vivir: en la región más transparente del aire.

Nota Bene: esta trama generó muchos comentarios en las redes sociales.

Incluso hubo quienes me cuestionaron por publicarla.

Amante como soy de las malas maneras del panteón cívico nacional, no pude evitar narrar estos hechos que están más cerca de los gobiernos neoliberales que de la 4T.

Ah, porque déjeme decirle que el Chanoc y Santamaría (Madre de Dios) se ostentan como la parte evolucionada de la Nueva República, aunque sus artes y su lenguaje estén más cerca de las crónicas en las que Jorge Ibargüengoitia y Carlos Monsiváis ridiculizaban a la clase política mexicana.

Llama la atención, por último, que doña Alejandra dirija su pasión intelectual a la Arena Puebla, de la que es asidua.

No en balde quiso meter en la nómina a tres luchadores del pancracio para que dieran clases de dibujo en la Secretaría de Cultura, cuando lo único que éstos sabían hacer es la “quebradora”, el “motovirus” y la infaltable “tapatía”.

Oh, sí,

Días 31, 32, 33, 34 y 35 de la Cuarentena. La comadre de Juanita recayó en el vicio.

Así fue:

Al gordo de su marido le dijo que orita venía, que iba a ver si ya había puesto la marrana.

(De niños, para quitarnos de encima, nuestras mamás siempre nos decían: “Ve a ver si ya puso la marrana”. Todos salíamos corriendo. A medio camino descubríamos, desolados, que la marrana no había puesto (parido) porque sencillamente no teníamos marrana. Vaya: ni perro teníamos en esa época).

Total que el marido ni la escuchó tan entretenido como estaba viendo a John Ackerman y a Sabina Berman lamiendo el escroto del poder presidencial.

La comadre aprovechó ese momento para salir a buscar una aventura que hiciera valer el día. Pensó en hablarle al joven licenciado, pero su testículo (¿Izquierdo? ¿Derecho?) seguía sin bajar. Pensó entonces en buscar a su amante huachicolero, pero la Central de Abasto está en el fin del mundo y no le iba a dar tiempo para ir y disfrutar tan lejos. Estaba, pues, piense y piense cuando pasó por ahí un muchachillo. Uno de esos ninis becados por López Obrador que andaba en busca de una farmacia para comprarse un cubrebocas y gel desinfectante.

—Hola, guapo —le dijo la comadre de Juanita.

El joven murmuró algo así como “nasnoches” y siguió su camino. Ella lo tomó entonces del brazo y le dijo que si la invitaba una copita. Él le respondió que el dinero que le daba López Obrador era de todos los mexicanos, y que la corrupción ya se había acabado aunque los conservadores quisieran lo contrario. Ella acercó su mano peligrosamente ahí donde las arañas hacen su nido. Él dijo que se cansaba, ganso, de que el presidente iba a terminar Dos Bocas. “Dos bocas las nuestras, muñeco. Vamos a juntarlas”, planteó la comadre. El muchachillo dudó. Ella supo entonces que lo tenía, que era suyo, e hizo una jugada de pizarrón: metió el piernón derecho en la zona blanda, frotó lo que encontró con una maestría única, y terminó llevando al becario de la 4T a un motelito llamado El Piolín.

Ahí hizo suyo al muchachillo, al programa de becas y al me canso, ganso. Por cierto: el becario (no sicario) terminó pagando todo.
Hasta las cocas.

***

Juego con mis perritas una cascarita en el jardín. Yo soy Maradona, Oskar es Messi, y Minú es el Jamaicón Villegas.

Naturalmente, Maradona humilló a los dos desde el primer minuto.

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