°
Weather from OpenWeatherMap

Eukid Castañón antes y después del poder

I.

Hoy más que nunca confirmo que ostentar el poder es muy parecido a tener salud.

Al poderoso todo el mundo se le acerca, todo el mundo lo abraza, lo busca, le pide favores.

Todos quieren agradarle al poderoso, aunque les caiga mal. Lo persiguen para saber dónde come, le mandan regalos, le dedican textos maravillosos.

Lo mismo pasa con el sano.

Siendo muy sinceros, el enfermo al principio despierta ternura en los demás: ¡Ay, pobre, habrá que visitarlo! Pero si el trastorno se vuelve crónico, el enfermo comienza a ser un apestado. Por más que queramos al paciente, tenerlo cerca o en casa genera un cambio de rutina, por consiguiente, de ánimo. Irrumpe entonces un nuevo elemento: la piedad, pero la piedad no es otra cosa más que lástima sacralizada. Y la piedad no dura mucho.

El enfermo, si no se va pronto, nos empieza a molestar. Dentro del entorno de los sanos, en nuestro fuero interno, comienza a irritarnos y nos sentimos mal por eso, sin embargo, es parte de la naturaleza humana querer continuar con nuestras vidas tal y cual estaban antes que el enfermo apareciera con su molesta enfermedad.

Sólo los más atrevidos o sinceros nos aventuramos a pensar que viviríamos mejor, sí, si el enfermo muriera. Y por lo general, tarde o temprano, con un ambiente completamente descompuesto, el enfermo se va.

No así el poderoso.

La pérdida del poder es todavía más trágica que la perdida de la salud, ya que el poderoso caído en desgracia aparte enferma de aprensión, y enferma de olvido; y de pronto se ve más solo que una pizzería veneciana en tiempos de Coronavirus.

II.

A mí me ha tocado, no sé por qué, convivir con gente de poder. No con enfermos (creo que mi temperamento colapsaría). De una u otra forma, y sin buscarlo, he sido testigo del rise and sun de muchos personajes. De su entronización y su colapso.

No soy política, pero convivo con políticos. Los veo a una distancia saludable desde la que me es más fácil discernir las cosas: lo que pasa y lo que no pasa o que les está pasando.

También he estado cerca de los periodistas. Convivo con ellos y he sido testigo de lo que hacen y lo que no hacen. De lo que escriben y lo que no escriben. Pero también sé porqué escriben cuando lo escriben y por qué no escriben cuando se callan.

Juntos, políticos y periodistas, conforman una relación a veces mutualista, a veces parasitaria. En la primera los unos se benefician de los otros por igual, hay intercambio sano. En la segunda (que es la que abunda) una parte abusa de la otra de la forma más abyecta.

III.

Eukid Castañón está lejos de ser una de mis personas favoritas, a pesar de que conviví con él durante varios años a causa del trabajo. Sin embargo, no puedo festejar que ayer haya sido aprehendido. Que si hizo cosas indebidas, allá la ley que lo juzgue.

La penúltima vez que lo vi fue en el escándalo del hotel MM. Yo vivía enfrente y al ver el desmán, bajé. Me tocó ver llegar a Eukid cuando gritó, cuando manoteó, cuando los reporteros lo sitiaron. Lo vi caerse sobre el piso. Lo vi tirado. Todos dicen que fue una puesta en escena. Como haya sido. El caso es que la escena se me quedó grabada por patética. No es que él me pareciera patético (más bien, debo admitir que siempre me pareció un perverso, pero qué político no lo es). Fue la escena lo que me trastocó. Ver a un tipo tan poderoso, tan sobrado de sí mismo, tan engreído (porque lo es), al temido, al intocable, allí, colapsado, me dio escalofríos. No lo sabía, pero intuía que algo iba a empezar a ir mal, no sólo para él, para muchos.

Después del 24 de diciembre mis corazonadas se hicieron realidad. El más afectado de todo aquello sería Castañón.

Esa fue la penúltima vez que lo vi. La última fue en su oficina. Me citó para darme las gracias por haber colaborado en un proyecto. Yo me fui de espaldas. Acababa de reiniciar mi vida en solitario, y él sabía que con lo único que contaba para sobrevivir era con ese sueldo, sin embrago, Eukid siempre fue pragmático: no es nada personal, son negocios. Y antes de irme dijo: vas a ver que a la larga esto te va a beneficiar. Yo salí furiosa. Le dije a quien me quiso oír que Eukid era un ojete, pero el tiempo le dio la razón. Si no me hubiera corrido, y yo no hubiera puesto en circulación Dorsia, con la caída del helicóptero me hubiera ido al fango como todos los que estuvimos colaborando cerca del morenovallismo.

Con esta historia intento decir algo: que hacer leña del hombre caído siempre habla muy mal de las personas que aparte preparan piras para inmolarlo.

Eukid sigue sin ser un personaje que me agrade por muchas razones que guardaré siempre porque estar cerca del poder –y no participar directamente– te convierte en un censor confiable, pero también te debe hacer inmune a caer en el pecado de la deslealtad. Porque los tiempos pasados fueron mejores, y con ellos hay que quedarse cuando llega la peste.

III.

La prensa está llena de sabandijas. Digámoslo sin eufemismos: es una mierda. Ayer lo comprobé una vez más.

Pensé en el papel del comunicador y el periodista en medio de la desgracia pues apenas vi dos series de niños asesinados en donde surge una ecuación nauseabunda: la corrupción del aparato judicial más el morbo de la prensa carroñera.

Ambas series son la confirmación de que los periodistas (la mayoría) no venden verdad, sino sangre ajena, y el público, oh sí, al público le fascina comprar horror a cualquier precio.

Lo digo con toda la acritud porque ayer que miraba los twitters de varios periodistas poblanos pateando el cadáver (hipotético-político) de Castañón, recordé aquellos tiempos en que esos mismos periodistas lo perseguían para que les diera una cita, cómo lo adulaban en sus columnas, cómo le temían en la calle, cómo unos lograron transitar el veto de Moreno Valle gracias al puntual sobre amarillo que llegaba desde una oficina de La Paz a sus modestas redacciones. Cómo a varios “les hizo el paro” patrocinando bodas, bautizos y funerales. En pocas palabras, esos tundeteclas sin ética pensaban hasta el 24 de diciembre del 2018: “si él me dice ven, lo dejo todo”

Ahora vemos de qué están hechos.

Insisto: es lo que hay. Es condición humana.

Enfermar es mucho mejor que perder el poder, porque si enfermas, mueres, pero si pierdes el poder, te dejan solo, te patean, defecan sobre tu cabeza y todos a tu alrededor comienzan a olvidar hasta tu nombre.

Amnesia selectiva, le llaman.

Ustedes saben quiénes son.

En sus archivos consta.

ABOUT THE AUTHOR

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Sinergia Radio es…la radio de Atlixco

Atlixco, Puebla
Lama al: +01(244) 76 19 328
Email: sinergiaradio@hotmail.com

Unidad Norte

    Liga Dominical

    We accept the following payment: