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XÓLOTL: COMPAÑERO DE VIDA Y MUERTE

Entre los antiguos mexicanos, el perro no solo era un animal de compañía en la vida cotidiana. Según sus creencias religiosas, el ‘mejor amigo del hombre’ era también el compañero de los muertos al más allá. Se trataba específicamente del xoloitzcuintle, una raza de perro originaria de Mesoamérica que se caracteriza por su carencia de pelo y que encarnaba al dios Xólotl, como puede constatarse en esculturas, figurillas, glifos y códices precolombinos. Por Luis Felipe Brice

De acuerdo con la cosmovisión náhuatl, esta deidad, en su calidad de estrella vespertina, era la encargada de acompañar cotidianamente al Sol del ocaso, Tlalchitonatiuh, en su recorrido nocturno por el mundo inferior, es decir, el reino de la muerte y de la oscuridad.

“Y como el Sol vuelve a nacer, el perro Xólotl que lo condujo al inframundo se transmuta en su gemelo Quetzalcóatl, estrella de la mañana, quien tiene la tarea de llevar al Sol de nuevo al Cielo”, explica Mercedes de la Garza, historiadora de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Asimismo, según uno de los mitos del origen de la humanidad, Xólotl acompañó a su hermano Quetzalcóatl al mundo inferior.
Su propósito era buscar los ‘huesos sagrados’ de los ancestros, a partir de los cuales se crearía a los hombres y mujeres del Quinto Sol, que iluminaría el mundo actual. Para rescatar aquellas osamentas debieron enfrentarse a Mictlantecuhtli y a Mictecacíhuatl, dioses de la muerte y del inframundo. Sin embargo, existe la versión de que tal hazaña fue exclusiva de Xólotl e incluso a él le fue asignada la tarea de criar a los primeros niño y niña, creados mediante sacrificios de sangre divina.

A decir del también historiador de la UNAM Roberto Moreno, “el hecho de que aparezca Xólotl como figura central del mito puede hacer pensar que éste es anterior al encumbramiento del mismo Quetzalcóatl en el panteón náhuatl. Para los creadores de ese mito antiguo es Xólotl una deidad de gran importancia que ocupa el lugar que posteriormente fue de su gemelo. Desde luego, son una misma deidad; pero fue la ampliación del culto a Quetzalcóatl la que redujo a Xólotl a ser un gemelo con funciones de servidor”.

HACIA EL DESCANSO ETERNO
Acompañante tanto de su gemelo como del Sol, Xólotl lo era también del espíritu de los muertos durante su travesía para llegar al Mictlán, último nivel del mundo inferior, donde encontrarían el descanso eterno. Así pues, cuando alguien fallecía, como parte del ritual funerario, sus deudos sacrificaban a su perro o algún otro, y los enterraban juntos.

En el hocico del animal solían colocar un jade, que representaba la piedra que ponían en la boca del cadáver simbolizando su corazón inmortal. Si acaso no disponían del cuerpo del difunto, porque éste hubiera perecido en el campo de batalla o capturado por el enemigo, se hacía un bulto mortuorio al cual se le ataba alrededor una especie de collar con la efigie del perro divino, denominado xolocózcatl.

También: POEMAS EN NÁHUATL Y SUS AUTORES | MÉXICO-TENOCHTITLÁN

Es así como el muerto iniciaba su viaje de cuatro años por el inframundo, enfrentando una serie de obstáculos, entre ellos atravesar el río Chiconahuapan, lo cual sólo podía lograr sobre el lomo de su perro. Al llegar al Mictlán, los espíritus de perro y amo se presentaban con ofrendas de papel ante Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl, para ‘morir definitivamente’.

Esta práctica ritual se basaba también en la creencia de que “el perro es un ser nocturno que conoce los caminos en la oscuridad y puede ver a los espíritus.
Desde la época prehispánica hasta hoy, los mayas y nahuas creen que los perros ven muy bien de noche a las almas que salen de los cuerpos cuando éstos duermen, por eso aúllan”. Asimismo, se fundamentaba en la observación de que estos animales son capaces de hacer guardia sobre la tumba de sus amos, dejando de comer hasta que mueren. “Esto explica por qué a nivel universal se les consideró conductores del alma al reino de la muerte”, plantea Mercedes de la Garza.

En relación con esta leyenda, el especialista en cultura náhuatl Miguel León-Portilla se pregunta en un poema incluido en su libro Poesía náhuatl: la de ellos y la mía: “Cuando estoy solo/ junto a mí, aquí está mi perro./ Allá, donde dicen/ que de algún modo se existe/ ¿acaso junto a mí/ estará allá mi perro?”.

DIOS EN FUGA
Para los antiguos mexicanos, el estrecho vínculo entre el hombre y el perro se manifestaba también en el sacrificio del animal, que se convertía en alimento ritual asociado en ocasiones a la cosecha de alimentos sagrados como el maíz o el cacao.

Además, solía inmolarse a los perros, extrayéndoles el corazón para ofrendarlo a los dioses en sustitución de un corazón humano. Y es que al ser una criatura tan cercana al hombre e incluso considerarlo su ancestro (de acuerdo con una leyenda tzotzil), podía muy bien representarlo ante las deidades. Muestras palpables de esta creencia son las figurillas de xoloitzcuintle con máscara humana halladas en Colima.

A propósito de sacrificios, el dios perro aparece como protagonista de la creación del Quinto Sol, que una vez aparecido en el horizonte permanecía inmóvil.
La condición para que cobrara movimiento era la inmolación de todos los dioses a fin de ofrendarle su sangre. Según una versión del mito, Xólotl fue el encargado de aniquilarlos, abriéndoles el pecho con una navaja de pedernal, para luego sacrificarse él mismo. Otra versión cuenta que el verdugo fue Ehécatl (dios del viento, una de las advocaciones de Quetzalcóatl), y que Xólotl (gemelo de éste) rechazó tal designio.

Octavio Paz, en su poema “Salamandra”, convierte en versos ese relato: “Xólotl se niega a consumirse/ se escondió en el maíz pero lo hallaron/ se escondió en el maguey pero lo hallaron/ cayó en el agua y fue el pez axólotl/ el dosseres/ y ‘luego lo mataron’/ Comenzó el movimiento anduvo el mundo…”.

Cabe añadir que, en cada uno de sus escondites, el dios en fuga se mimetizó con su entorno, a fin de salvaguardar su existencia: en el campo de maíz, se convirtió en una mazorca doble; en el magueyal, en un maguey doble, y en el agua, en un ajolote (axólotl, ‘perro de agua’), demostrando con ello su capacidad para la metamorfosis. A pesar de sus intentos, no logró librarse del sacrificio, pero sí trascender hasta hoy en día como la deidad a la que remite la imagen del perro mexicano por excelencia: el xoloitzcuintle.

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