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¿Es un “horror” estar con Obrador? (AMLO en el país de los ilusos)

Dos de noviembre. Día de muertos. Día en el que mi padre cumple sus primeros 62 años. Lo celebra como si fuera un “gran año”. Como si la vida no lo hubiera apaleado mil veces, y como si la vida no siguiera prolongando esa paliza hacia sus herederos. ¿Herederos de qué? De lo que importa: de mi padre me quedo con la música, con la pasión por la comida y una que otra frase memorable. Su existencia ha sido como la de la mayoría de los mexicanos clasemedieros: una constante de altas y bajas. Cuando tuvo, tuvo mucho para darnos; cuando no tiene, no tiene nada. Acá nos tocó vivir, decía Carlos Fuentes. ¿No tocó? ¿Qué suerte de burla es esta, si vivimos en una de las tierras más ricas del planeta?

Mi padre todavía cree que la izquierda existe. Se cree un hombre de izquierda. De la izquierda de Muñoz Ledo. Esa izquierda que se tambalea en la plaza pública como mi padre y su héroe juvenil. Lo escucho hablar (a mi padre) o más bien, como es su cumpleaños, lo dejo monologar. Él, mi padre, habla como si viviera en los años sesenta. Usa palabras descontinuadas, lo que mi hija (su nieta) considera “palabras domingueras”. Pero no son palabras domingueras, o al menos él no las ve así. Siente que esconder la pelota en el lenguaje obra en el otro una suerte de asombro. Y lo logra frente a muchos. No frente a mí, que con el paso del tiempo he aprendido las sutilezas del sujeto-verbo y complemento. Pero él habla como los viejos líderes de su generación. Usa las palabras “camarada y compañero” para nombrar a los “buenos”. A la gente que tiene la razón. Yo asocio esas palabras, más que a los izquierdistas, a los priistas de cepa que aún las siguen manoseando. También utiliza las palabras “rapacería, pillos, tropelías, sinvergüenzas” para lanzar descalificaciones a todos aquellos que no piensan igual que los “camaradas” y los “compañeros”.

Amo a mi padre porque es mi padre, sin embargo, escucho pasmada su discurso. Un discurso bien articulado, sí, pero rayano en lo inocente. Él cree que la así llamada Cuarta Transformación está en curso y será exitosa. Será como un parto, dice, y todos los partos son dolorosos.

Todos los días se pone a ver en el canal del Congreso las sesiones legislativas. Hasta conecta su televisión a una gran bocina para oír mejor y no perder detalle de nada. Papá cita en su monólogo a Fernández Noroña como si Fernández Noroña fuera un prohombre. ¿Ya dije que papá idolatra a Muñoz Ledo? Bueno… amar a Muñoz Ledo está bien si conoces su historia. Y sí: Muñoz Ledo es un gran tribuno. Y es un hombre que se ha codeado con intelectuales, y él mismo es un intelectual. No es parte de esa escoria pestilente que circunda las curules hoy en día. A don Porfirio se le escucha porque dice cosas inteligentes. Muñoz Ledo, sí, es todo un rockstar.

Okey, papá –intervengo- todo lo que dices suena hermoso si fuera verosímil. Si viviéramos en la Utopía de Moro, ¡claro que sería hermoso! Un país en el que van “primero los pobres”. Yo misma, papá –digo– he votado todas las veces por AMLO. Sin embargo, creer en AMLO es como creer en el amante por el que se abandona todo por el simple hecho de que ese amante representa “la esperanza”. AMLO, como el amante de Emma Bovary, conoce a la perfección las buenas artes del escarceo. Coqueteó con la damisela desesperada (el pueblo bueno) llenándola de ilusiones irrealizables, pero recordemos: las ilusiones son, en esencia, mentiras. Y en mi mente cito (pensando que a mi padre le gustaría escucharme citar algo en latín) que “Ilusión” viene del latín Illusio, sustantivo procedente del verbo illudere, cuya forma simple es ludere, derivado a su vez del nombre ludus. Ludus, que quiere decir “juego”. Así que Illudere es jugar, divertirse con algo, pero su sentido real es burlarse, ridiculizar; a veces, estropear o destruir.

Eso lo pienso mientras papá apura su café. Es su cumpleaños y no quiero que su cumpleaños termine como rosario de Amozoc. Él es apasionado y necio. Yo soy más apasionada y necia. Una bomba de tiempo. Papá y yo vivimos sobre un perpetuo campo minado. Él me enseñó a ser así. También me enseñó a creer en las promesas y, ¡uf!, a hacerme ilusiones.

Papá repite como dando una homilía todas las frases que escucha con Aristegui y demás chairos que suben a tribuna en las sesiones del Congreso.

Me sorprende que papá, siendo como es, no se cuestione por un momento. Que sea una repetidora de frases construidas en los búnkeres de la Cuarta Transformación.

Papá se hace ilusiones como una quinceañera. Él sigue hablando mientras yo pongo mi mente en off y sigo pensando en la palabra Ilusión. No es lo mismo estar ilusionado que ser un iluso. Muchos de los que votamos en el 2000 por Fox “nos hicimos ilusiones”. El cambio llegaría. Lo importante era sacar al PRI del poder. Y de ilusionados pasamos a ser unos perfectos ilusos. No todos, pero sí los que siguieron creyendo que Fox era alguien confiable, cosa que para nada resultó cierta. Porque una cosa es hacerse ilusiones (es humano, se vive mejor), pero otra muy distinta es “estar llenos de ilusión”. No es lo miso, papá ­–pienso– lo ilusorio que lo ilusionante. Lejísimos están los ilusionados de los ilusos. Éstos últimos, creo, están más cerca de la tontería y la locura que de la sensatez y la esperanza.

Es su cumpleaños número 62 y no quiero entrar en polémicas, sin embargo, algo tenía que decir. Yo sólo pongo en la mesa algunos datos duros: la subida del dólar, el incremento al precio de la gasolina, Bartlett en la CFE y Rioboó sentado junto al “Mesías Tropical” en la mesa durante la conferencia de prensa donde anunció que la democracia había ganado (de nuevo) y que iba Santa Lucía y no Texcoco.

Y papá, por supuesto, me acusó de lo que yo lo acuso: de ser una repetidora de frases hechas pergeñadas por los miembros de la Mafia de Poder. Y al decir “La Mafia del Poder”, le brillan los ojos. Se le saltan como un par de canicas. Le gusta decir “La Mafia del Poder”, como AMLO –su pastor– lo dice: con usa sonrisa indescifrable, con una mezcla rara de malicia y locura.

Papá está obnubilado, pienso. No ve claramente. Habla desde una autoridad moral irreconciliable. Como si La Cuarta Transformación le fuera a hacer justicia en realidad.

Le encanta decir “La Cuarta Transformación”, como imagino que le hubiera gustado decir “La Revolución triunfará”. Me lo imagino clarísimo. Ustedes no lo saben, pero mi padre parece un caudillo revolucionario: robusto, con un bigote soberbio.

Entonces le digo: “Atención allá en casita: la revolución no triunfó ni le hizo justicia a quien debió hacerle justicia”. Y papá se levanta por más café.

Lo veo andar con sus pasos violentos hacia la cocina. No lo haré cambiar de opinión, ni lo pretendo. ¿Está lleno de ilusiones? Quiero pensar que sí, porque pensar que es un iluso es ofensivo hasta para mí.

Me despido. Papá es ya un “ñeñeñe” de 62 años cuya palabra es ley y no hay más verdad que la suya.

Me voy en un camioneta de 6 cilindros. Llego a la gasolinera. La Premium esta por arriba de los 21 pesos. Traigo doscientos en la bolsa y todavía tengo que pasar por leche y huevos al Oxxo (a ese tendajo de la Mafia del Poder que mi papá detesta, pero que es donde se surte de todo tipo de conservas). El marcador de combustible marca una miseria. Es como si el encargado de surtirla hubiera echado un buche dentro del tanque. Pero eso –diría papá– no es culpa de AMLO bebé. Viene de casi un siglo de “tropelías, pillerías, sinvergüenzadas, rapacidades, marranadas” de los miembros de la Mafia del Poder. AMLO es un santo, un ayatola, un iluminati. O como dice el farsante del padre Solalinde: AMLO no es “El verbo”, sino “La acción”.

AMLO en el país de los ilusos (musito cuando salgo del Oxxo con mis huevos). Y pienso en Julián Marías cuando afirma que la ilusión es inseparable del deseo, pero no se reduce a él.

Madame Bovary deseaba una mejor vida al lado de su amante que acabó por pintarle un dedo cuando ella, madame, se vio sofocada por las deudas.

Es bonito desear, sí, pero es más bonito aterrizar en la realidad, porque el deseo es tan sólo el caldo de cultivo donde germina la ilusión.

Para papá “es un honor estar con Obrador”.

Para otros más “es un error (o un horror) creer” en Obrador.

Revista Dorsia

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